Leopoldo Alas «Clarín»

Leopoldo Alas

MURIÓ Leopoldo Alas, «Clarín», a los cuarenta y nueve años de edad, el 13 de junio de 1901. Esto es, apenas iniciado el siglo XX. A éste respecto, quizá hallásemos un nuevo motivo para lamentar la prematura muerte del gran crítico y novelista: por lo que tuvo de precusor, el XX pudo ser su siglo. Pero es muy arriesgado un criterio que nos lleva a hablar de precursores y de anticipaciones.

¿Y qué es adelantarse a su tiempo…? Leopoldo Alas vivió, típicamente, en el suyo, y hubiese vivido de modo análogo en otro cualquiera, por esa inactualidad que es señal fehaciente de un
verdadero talento. El talento no sólo adelanta, sino que también retrocede en su marcha natural, para revivir formas que ligeramente se dieron por muertas.

Leopoldo Alas, hombre que vislumbró el siglo XX, pasó por todas las tormentas y por todas las bonanzas del siglo XIX: asimiló sus temas y experimentó sus influencias. Se aproxima a Larra el gesto y la prosa. Como entre los clásicos de nuestros grandes siglos, hallaría, y en las Antologías halla, un puesto muy a su gusto. En definitiva, contaba en abono de su espíritu con las cualidades que es ahora precisamente cuando más escasean: genio del idioma y sentido de la raza.

Leopoldo Alas «Clarín» – Publicado en el Almanaque Literario (1935)

Español y españolísimo, Leopoldo Alas amaba el lenguaje con ese amor vehemente que en su línea más genuina y directa—amor de hombre a mujer—conduce al crimen pasional. De todo era capaz Leopoldo Alas, en este punto: hasta de la intransigencia más hostil y mortífera. Él, tan liberal. Si el amor,—fortalecido por el conocimiento—al instrumento lingüistico, determinó las bellezas de su estilo, fue causa también de las limitaciones que sin duda advertimos en su labor de crítico. Cuesta trabajo, en efecto, aceptar que Leopoldo Alas vapulease a tantos escritores por razones derivadas de su puntillosidad gramática y de sus escrúpulos de purista. Parece en tales momentos que su crítica se empequeñece, y que su aire de dómine le aleja del artista. Pero incluso en estos pasajes sacudidos por el palmetazo sobre el uso de un galicismo o una falta de construcción, el escritor se salva por la virtud de su propia expresión: acerada, aguda, brillante, más profunda que ruidosa: más estilete que clarín. Y si en los mordaces juicios de los «Solos» y de los «Paliques», no siempre encontramos a la Crítica como creación estética, hallamos desde luego, a la Sátira, con todo su clásico abolengo. Gran escritor satírico, cargado de complejas intenciones, fué «Clarín» en todo caso. Y justamente en unos años que Galdós llamó «bobos» pensando por lo visto en muchos de sus propios personajes. Pero en gran parte de las generaciones que dan contenido a los fines del siglo XIX, descubrimos sin esfuerzo un hondo y amargo sentido de la vida, una clara y triste inteligencia de las cosas. Desde la ironía de Valera hasta la burla de Taboada. Y en Silvela, con su daga. Y en Bonafoux, con su florete.


Leopoldo Alas, a fuerza de talento, planea sobre sus escritos de crítica ocasional y polémica, comunicándole a cualquier frase un valor certero de epigrama o de sentencia. Y en cuanto se aleja del libro mediocre—que a veces le satisface y encomia—Leopoldo Alas descubre todas sus dimensiones de ensayista: por ejemplo, «Rafael Calvo y el teatro español», «Un discurso», prólogo a la traducción castellana de «Los héroes», de Carlyle… Y no digamos cuando, desprendiéndose de todo pretexto o motivo brindados por la lectura, se abandona por entero a su inspiración personal de escritor. Leopoldo Alas, cuentista y novelista, resultó víctima del crítico y del satírico. La popularidad ganada a este título, le descontó muchísimo de la fama que le correspondía como narrador de primer orden, no accesible a todos.

Y de tan primer orden… Como que en «La Regenta» es donde hay que buscar, a mi juicio, las mejores páginas de la novela española moderna. Novela de un tipo determinado: novela naturalista. Pero novela por encima de todas las demás que obedecieron a otro canon, dentro de la floración del género en aquella época tan bien surtida de novelistas acaso caracteriadzos por prendas designadas con aquellas palabras que definían el gusto general de los lectores españoles: gracejo, galanura, amenidad. ¡Cuánto más hondo cala la pluma de Leopoldo Alas! Cala hasta el tuétano de las almas: bien entendido que para Clarín alma tienen también todas las cosas. Clarín, animador del detalle, busca en el juego de las pasiones el documento que sus contemporáneos se limitaban a pedir, por lo general, a las formas inmediatas de la realidad. También él las percibía y gustaba de cualquiera «trozos de vida». ¿Y cómo no, supuesta su determinada formación estética…? Pero penetraba en la esencia de los fenómenos: activos o no, tipos y medio ambiente. De aquí que los personajes de «La Regenta» disten mucho del cerrado paisaje en que acaso coincidan, bien avenidos, los de Galdós, en dramático, y los de todo buen saínete, en cómico. Ana Ozores, en la densa atmósfera de la novela de Leopoldo Alas, respira en sentido directo, el aire de Vetusta, reproducción exacta de Oviedo. Pero, en sentido figurado, bien se comprueba que su ambiente es el de las grandes creaciones de Stendhal, Flaubert y Proust. No tiene precedente ni consiguiente en novela española que no sea «La Regenta», la sagaz valoración del pormenor; la asociación de ideas, sentimientos, recuerdos, aspiraciones, a un dato concreto que a otros ojos es rasgo suelto y a Leopoldo Alas le sirve para reconstruir o para fijar un mundo interior. Había de ser este artículo un ensayo que admitiese mayor desarrollo, y traeríamos a cuento ejemplos suficientes de análisis minucioso, de matización certera. Cuando la malevolencia de alguien acusó a Leopoldo Alas de haber tomado de «Madame Bovary» inspiración para componer la escena aquella en que Ana Ozores asiste por vez primera a una epresentación de «Don Juan Tenorio», el resultado fué que los lectores de «La Regenta» buscaron y siguen buscando en el capítulo XVI la comprobación de que en nuestro novelista alienta, con un cronista puntual y perspicaz de la vida en provincias, un psicólogo de felicísimas exploraciones, un experimentador en vivo de los grandes—y pequeños—afectos humanos.

Libro grave, a no dudarlo, esta «Regenta», de mucho y apretado contenido. Narraciones más ligeras y fáciles, esas otras, que, en dimensiones varias, se llaman «Pipa», «Adiós, Cordera», «Zurita»… Por intentarlo todo, Leopoldo Alas hizo teatro: «Teresa», y explicó en su cátedra de Oviedo, tanto Derecho Romano como Economía política. Espíritu plural poseyó a Leopoldo Alas, en horas iniciales del auge de los especialistas. Un ánimo sin vuelo habría caído en dispersión infructuosa. El de Leopoldo Alas, se mantuvo alto, con señorío y riqueza.

M. FERNÁNDEZ ALMAGRO

(artículo publicado en «El Almanaque literario, Madrid 1933)

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