Biografía de Víctor Hugo

Biografia de Victor Hugo

En este siglo fértil en biografías y memorias, el genio investigador se ocupa de las notabilidades contemporáneas, y las sigue hasta en su vida privada, hasta en los hechos sepultados en la inmensidad de los tiempos pasados: se complace en descorrer el brillante velo que las cubre , en sorprender sus primeras emociones, en adivinar al grande hombre estudiándole en la infancia.

Véase sino el interés que incitan sus más insignificantes acciones ; las más fútiles anécdotas ganan importancia , las noticias más vagas se hacen preciosas, y trabajando por reunirlas creemos satisfacer esta curiosidad honrosa para todos.

Llegados a esta altura, fácil es comprender, que en nuestra galería biográfica debe necesariamente figurar el hombre de genio que se ha adelantado a su siglo, el atrevido innovador que ha concebido y llevado a cabo una revolución en el edificio gótico de la literatura. Mas al trazar esta biografía corta cuyos principales hechos son ya conocidos, procuraremos no desviarnos de nuestro plan y olvidar al poeta para no ver más que al hombre.

Infancia de Víctor Hugo

Víctor-María Hugo nació en Besanzon, el 26 de febrero de 1802. Seis semanas después de su nacimiento, el coronel, su padre, debiendo mudar de guarnición, a pesar de su poca salud, se lo llevó consigo a la isla de Elba donde pasó tres años. En 1805 fue a París con su madre. Desde 1807 á 1809 habitó en la Italia donde su padre, gobernador de la provincia de Avelino, se ocupaba en la destrucción de las cuadrillas de bandoleros, y con especialidad en la de Fra-Diavolo, cuyo jefe ha figurado ya en los teatros modernos.

Algunos hechos que marcaron su vida

Durante los dos años siguientes el joven Víctor vivió en París en el callejón sin salida llamado de las Fuldenses, arrabal de Santiago. Aqui fue donde comenzó su educación dirigida por un sacerdote anciano, casado, M. de la Riviére, y por el general La Horie, que, implicado en el asunto de Moreau, vivía oculto desde 1804. Ya habían transcurrido dos años que La Horie disfrutaba del asilo que le había dado madama Hugo, cuando fue descubierto en 1811 y ajusticiado con Mallet. Este acontecimiento ha producido siempre tristes recuerdos en el ánimo de Victor Hugo , aunque otros más lisongeros se refieren también á la misma época. Entonces fue, en efecto, cuando conoció y empezó a amar a la dulce y hermosa joven con quien le enlazó Himeneo en 1822.

En 1811 , habiendo salido con su madre y hermanos para reunirse en España a su padre, ascendido a general en 1809, Victor Hugo, que debía entrar de paje del rey José, pasó un año en el seminario de nobles de Madrid. Volvió después á París y alli fue donde á los trece años compuso sus primeros versos, cuyo asunto era, a lo que creo, Rolando y la caballería.

Estudios de Víctor Hugo

Llegó entonces la restauración, después los cien dias, y Víctor, destinado por su padre a la escuela politécnica, hubo de entrar en el establecimiento de educación dirigido por Cordiery Decote, calle de Santa Margarita, donde estuvo basta 1818. Alli seguía los cursos del colegio de Luis el Grande, y su aptitud para las ciencias matemáticas, le hizo alcanzar algunos accesit en las oposiciones de la universidad.

Primeras obras de Víctor Hugo

Sin embargo, el álgebra no le impedía ocuparse en la poesía; en 1816 , sobre la vuelta de Luis XVIII , compuso una tragedia titulada Irtamene; en 1817 empezó otra bajo el título de Atelia o los Scandinavos, y, desde su pensión, remitió al concurso de la Academia francesa una composición en verso sobre las ventajas del estudio. Esta composición, en la que aludía a sus quince años, no obtuvo más que una mención honorífica en vez de premio, porque como lo justifica la relación de Mr. Raynouard, se creyó que el autor, valiéndose de esta superchería, había querido interesar a la Academia en perjuicio do sus rivales. Cuando la verdad fue conocida ya no era tiempo de reparar el fallo, y Mr. Francisco de Neufchateau dirigió una epístola de felicitación al joven poeta , a quien algún tiempo después Mr. de Chateaubriand llamaba «joven sublime» en una nota del Conservador.

En 1818, Víctor Hugo, renunciando a la escuela politécnica se inscribió en la de Derecho, y , en 1819, ganó dos premios en los Juegos Florales de Tolosa; el primero por una composición poética acerca de las Vírgenes de Verdun, el segundo por una oda sobre la estatua de Henrique IV, oda que compuso en una sóla noche velando a su madre que estaba enferma. En 1820, fue coronado en mérito del Moisés sobre el Nilo, y obtuvo el título de maestro de los Juegos florales. En este mismo año redactó el Conservador literario, y empezó su novela titulada Han de Islandia.

Un favor real

En 1822, dió a luz su primer tomo de Odas, y recibió de Luis XVIII una pensión que él creyó no ser otra cosa que un estímulo dado al poeta. Más tarde fue cuando un académico, hombre de estado, le descubrió el secreto: secreto tan honroso para el príncipe como para el hombre de letras, helo aquí:

Víctor Hugo había sido en su infancia compañero del joven Delon, condenado a muerte por contumaz en el negocio de la conspiración de Saumour. Arrojando al olvido sus divisiones políticas, y sin pensar más que en el peligro del proscrito, Víctor Hugo, que aún tenía a su disposición en la calle de Mézieres la habitación que acababa de dejar para trasladarse a la calle del Dragon, se apresuró a escribir a la madre de su amigo, ofreciéndole un asilo seguro para su hijo. «Soy muy realista, Señora, le decía, para que se piense en venir a buscarle a mi cuarto». Esta carta, dirigida simplemente a madama Delon, esposa del teniente de rey de san Denís, fue abierta en el correo, y presentada a Luis XVIII, el cual respondió: «Conozco a ese joven; obedece en esto a las inspiraciones de su honor, y le concedo la primera pensión que vaque» Victor Hugo la obtuvo, en efecto, y como acababa de publicar sus Odas, a estas atribuyó el favor real.

Obra literaria de Víctor Hugo

  • 1823 dió al público el Han de Islandia;
  • 1824 el segundo tomo de Odas y Baladas, y varios artículos en la Musa francesa;
  • 1826 Bug-Jargal y el tercer tomo de Odas;
  • 1827 Cromwel y la Oda a la columna;
  • 1828 las Orientales;
  • 1829 el Último día de un reo de muerte. En el mes de junio del mismo año 1829, su drama de Marion Delorme, y el de Hernani.
  • 1831 apareció Nuestra señora de París; después en 1831 hizo imprimir las Hojas de Otoño, y representar, el Rey se divierte, así como Lucrecia Borgia.
  • 1833 figurará en la vida poética de Víctor Hugo por el drama de María de Inglaterra. Posteriormente ha dado al teatro otro famoso drama, el Angelo.

Al terminar esta noticia puramente cronológica , sentimos que el plan de nuestro periódico nos impida por hoy manifestar aquí nuestra ppinion sobre estas obras ,notables bajo muchos aspectos; pero hemos debido reducirnos en nuestro cuadro , dejando a otro artículo el objeto de tomar en consideración la influencia de Víctor Hugo sobre su siglo, y el paso inmenso que a su impulso ha dado la literatura actual.

(Artículo publicado en el Semanario Pintoresco – Número 4 – 24 de abril de 1836)

*Nota del Discurso: A la fecha de la publicación de este artículo, Víctor Hugo todavía no había escrito obras tan icónicas como Los Miserables (1862) o la Leyenda de los siglos (1859), entre muchas otras.

La traslación de los restos mortales de Méndez Núñez

Mendez Nuñez

De todos es sabido que el héroe del Callao vertió su sangre por la patria en la Numancia, testigo, el 2 de Mayo de 1866, de su valor en el combate, como lo fuera de su arrojo de experto marino cuando emprendió con aquel buque la senda que trazó Magallanes cerca de cuatro siglos antes, y que ningún acorazado había hasta entonces emprendido.

Repuesto en el viaje que, después del combate, realizaron los buques por el cabo de Hornos, conservó Méndez Núñez el mando de la escuadra hasta el año 1868 en que fue llamado a España por el primer Gobierno provisional de la Nación, de quién modestamente rehusará el segundo entorchado; mas las fatigas de la ruda campaña habían gastado su fuerte naturaleza, y su salud fue decayendo lentamente, hasta que se extinguió su vida tan preciada, en Julio de 1869.

La piedad y el amor de una madre, en cuyo corazón no caben ni aun las pasajeras ingratitudes o distracciones de la patria, hicieron llevar los restos mortales del héroe á una modesta capilla, en las playas del Con, sobre la ría de Vigo, donde, si no les rodeaba la vanidad del mundo, reposaban al menos entre el amor de la familia y caían sobre ellos las lágrimas de una madre, lágrimas que nunca hubieran alcanzado hasta la altura a que elevan los hombres el frío mármol de las estatuas de los héroes.

Aquí yacía Méndez Núñez: hace algunos años, empero, nuestro augusto Monarca, que visitaba a Vigo y retenía en la memoria la impresión de entusiasmo y de júbilo que, niño aún, vio difundirse por el regio alcázar al llegar las primeras noticias de un día glorioso para la Marina española, tuvo la inspiración feliz de hacer justicia al olvidado Méndez Núñez, y decretó la traslación de sus restos mortales al Panteón de Marinos ilustres de la ciudad de San Fernando.

Dificultades sucesivas habían retardado el cumplimiento de aquel mandato, hasta que el actual Ministro de Marina dispuso que se llevase inmediatamente a efecto, reservando el honor de hacer el transporte de tan sagrado depósito a la fragata Lealtad, escuela de Marinería, que, procedente de Inglaterra, se dirigía a Cádiz.

El 4 del mes corriente dio fondo dicho buque en Vigo, y por circunstancia providencial, que ha contribuido a dar mayor ostentación al acto, acababa de fondear también en la ancha bahía una escuadra inglesa, compuesta de los seis acorazados Minotauro, Ajincourt, Sultan, Neptuno, Achiles y Northumberland, al mando del almirante Dowell, quien, sabedor del objeto que motivaba la presencia de nuestra fragata en el puerto, e invitado a concurrir al acto con sus oficiales, ofreció desde luego, no sólo su asistencia personal, sino todos los recursos materiales de su escuadra, si se creía oportuno utilizarlos, agregando espontáneamente que tendría verdadera complacencia en tributar honores fúnebres a los restos de Méndez Núñez en igual forma que si nuestro héroe hubiera sido contraalmirante de la armada británica.

Permítasenos consignar sentida expresión de gratitud hacia el galante huésped, que, si espléndido fue en sus promesas, supero con hechos a lo que había ofrecido de palabra.

Puestas de acuerdo las autoridades, y designado el día 9 del corriente para el acto de la traslación, verificóse ésta con el ceremonial ya convenido de la siguiente forma:

Desde la tarde dle 8 empezaron a doblar campanas de Vigo por su ilustre hijo Méndez Núñez, al cual apenas había tenido ocasión de albergar en su recinto desde los primeros años de su niñez, hasta que le recibió ya cadáver, pero ornado su nombre con los laureles de los héroes, con la veneración que inspira la memoria de los hombres insignes.

A las nueve de la mañana, el vapor María y los botes de la fragata Lealtad transportaron, desde el muelle de Vigo a las cercanías del Con, a las autoridades, corporaciones y personas invitadas, a la vez que el almirante Dowell y su segundo, el contraalmirante Wilson, amigo personal que fue de Méndez Núñez, a quien conoció en el Pacífico, salían del Minotauro con doce botes de su escuadra.

Llegado el cortejo al Con, donde fue recibido por le Sr. Rabiano, hermano político de nuestro malogrado almirante, dirigiéronse todos a la capilla en que se hallaban sepultados los restos, y en la cual se levantó un acta, por el notario Sr. Rodal, haciendo constar la identidad de aquellos restos; acta que se dignaron firmar como testigos, además de los instrumentales, los dos almirantes ingleses, el comandante de la Marina de Vigo, Sr. López de Haro; el gobernador civil de la provincia, Sr. Matos; el comandante de la Lealtad, Sr. Castro; el alcalde de Vigo, Sr. Domínguez; el comandante del acorazado inglés Minotauro, los diputados provinciales Sres. Neira e Iglesias, el párroco de la Lealtad, Sr. Feijóo, y el castrense de Vigo, Sr. Pérez.

Embarque Féretro Méndez Núñez
Embarque del féretro en el muelle del Con

Encerrados los restos en una preciosa caja de madera negra, con terciopelo y oro, depositadas sobre ella las insignias de la elevada jerarquía del finado, y algunas coronas, y cantadas las preces de la Iglesia, el féretro, en hombros de marineros, precedidos de la cruz parroquial de San Juan de Terán (a cuya jurisdicción corresponde el lugar del primer enterramiento), escoltado por guardias marinas y cabos de cañón de la fragata Lealtad y seguido del párroco de dicha iglesia, de las autoridades, invitados y numeroso pueblo de las aldeas inmediatas, fue trasladado hasta el muelle que se había improvisado para el acto, y a partir desde el cual formaban ordenada calle, hacia el de Vigo, multitud de embarcaciones del comercio, de la pesca y del tráfico del puerto.

Allí el Sr. Rabíano, en nombre de la familia, consumó el sacrificio de desprenderse de aquellos restos queridos, cediéndolos a la Nación, que tal aprecio hacía de ellos, y en cuyo nombre los recibió el Sr. Comandante de Marina de la provincia de Vigo,

En el momento de embarcar el féretro, todas las embarcaciones del puerto, militares y mercantes, así como nacionales y extranjeras, arriaron sus banderas a media asta; la fragata Lealtad disparó dos cañonazos y embicó sus vergas, como anuncio de muerte de los comandantes generales de escuadra; los acorazados ingleses izaron la bandera española en el palo mayor, a medio mastelero; el Minotauro , buque de la insignia, disparó trece cañonazos, como en los funerales de tenientes generales, y los fuertes de Vigo anunciaron al pueblo su duelo con dos cañonazos y sus banderas arriadas.

Embarcados los concurrentes en los botes, se puso en marcha el cortejo de la manera que sigue :

  • Fila central: Bote de acero de la fragata Lealtad con algunos marinos de los que hicieron la campaña del Pacífico; bote de vapor de la fragata Lealtad, conduciendo la guardia personal del difunto, compuesta de cabos de cañón, con armas a la funerala, y mandada por el de la misma clase Pedro Álvarez, que se halló en el combate del Callao; a remolque del anterior, falúa de la Comandancia de Marina de Vigo, enlutada, con atributos de Marina, y la insignia de contraalmirante a media asta; el féretro, alzado en alto, y cubierto de coronas; cuatro guardias marinas de la Lealtad, armados, custodiándolo; el capellán de la fragata (uno de los que se hallaron en el combate del Callao), con estola; dos contramaestres de proeles, y al timón, el tercer comandante de la fragata Lealtad,Sr. Auñón, que sirvió como guardia marina a las órdenes de Méndez Núñez, cuando éste era comandante del vapor Isabel II en la guerra de Santo Domingo; vapor María con el duelo, las autoridades y el comandante la Lealtad, actor en el combate del Callao; falúas de vapor de los almirantes ingleses.
  • Filas laterales, llevando en medio la anterior; Botes ingleses con oficiales de la escuadra, y botes de la Lealtad con oficiales de Marina españoles; falúas de Sanidad y Carabineros, con funcionarios civiles; más botes ingleses, y canoas y botes de la Lealtad con oficiales de nuestro ejército; los cónsules extranjeros y las Sociedades particulares de Vigo, cerrando la marcha algunos botes del comercio, de la pesca y del tráfico del puerto.

En este orden pasó la comitiva por entre los buques de la escuadra inglesa y por la popa de la Lealtad, cuyas guardias, formadas en las toldillas, y tocando las músicas en los buques británicos, hicieron los honores correspondientes al finado.

Mendez Nuñez Vigo
Llegada del convoy al muelle de madera, saludado por la escuadra inglesa del Almirante Dowell

Al llegar a los muelles de Vigo, fue recibido el féretro en cuadro de honor, cuyo centro ocupaban el clero y la cruz parroquial de Santa María; 200 marineros ingleses, en traje de campaña, con armas presentadas, una compañía de 100 marineros armados de la fragata Lealtad, una compañía de Artillería del ejército, otra de Infantería y 20 guardias civiles, e instantáneamente quedó cubierto de coronas preciosas de gusto y valor, con diversas dedicatorias en sus cintas.

Poco después se puso en marcha el cortejo por entre apiñada muchedumbre, en el orden siguiente : 20 guardias civiles armados; hermandades y gentes del pueblo, con cirios; féretro, en hombros de marineros de la Lealtad, y llevando las cintas el comandante de dicho buque, un jefe del ejército, el alcalde de Vigo y un miembro de la Diputacion provincial; a los lados, como guardia de honor, cuatro guardias marinas armados, cuyos nombres citaremos, para que siempre conste quiénes tuvieron tal honor, y fueron los Sres. González Quintas, Ruiz Moro, Reina y Peredo; la guardia personal del difunto, con armas a la funerala, en dos hileras, a los costados; el segundo y tercer comandante de la fragata Lealtad; música de capilla; cruz y clero parroquial de Santa María; duelo, del cual formaban parte los párrocos de Santa María y castrense, el vicealmirante inglés Dowell, el comandante de Marina de Vigo y los Sres. Rabiano y Urzaiz, de la familia del finado ; corporaciones civiles, jefes y oficiales del Ejército y Armada, Sociedades particulares, contraalmirante Wilson y oficiales de la escuadra inglesa, cuerpo consular y demás invitados al acto; Ayuntamiento de Vigo, en corporación, con maceros; gobernador civil de la provincia llevando a su derecha al brigadier gobernador de la plaza, y a su izquierda al segundo jefe de la provincia marítima de Vigo ; 200 marineros ingleses, armados con carabina y en traje de campaña; compañía de marineros armados de la fragata Lealtad, en columna de secciones con distancias; compañfa de Artillería del ejército, y compañía de Infantería.

calle del principe de Vigo
Paso del cortejo fúnebre por la calle del Príncipe de Vigo

El tránsito por las calles de Vigo prestó motivo para admirar la imponente manifestación de respeto tributada por el pueblo al ilustre hijo de la ciudad: las calles, los portales, los balcones (que en su mayor parce ostentaban colgaduras con crespones), las plazas y los atrios de las iglesias, estaban cubiertos por inmensa multitud, deseosa de despedir al que en vida hizo honor a aquel suelo tan querido, y en varios sitios hubo necesidad de interrumpir la marcha para colocar en el féretro nuevas coronas y sacar vistas fotográficas.

Al llegar a la plaza de la iglesia, la marinería inglesa volvió á formar en cuadro de honor, con armas presentadas, en tanto que nuestros marineros, unidos a las fuerzas del ejército, hacían las descargas reglamentarias. Situado el féretro en la nave central, sobre elegante túmulo rodeado de atributos militares, empezó el funeral (dispuesto y costeado por el Ayuntamiento), cantándose la misa de Réquiem y terminando con la notable oración fúnebre, en que el ilustrado Sr. Vicario de Santa María hizo el elogio de las virtudes militares y cívicas, y principalmente de las virtudes cristianas que adornaban á nuestro malogrado Almirante.

A las tres de la tarde volvió á ponerse en marcha la comitiva hacia el muelle de piedra, donde, embarcado en igual forma que habia venido desde el Con, fue conducido a la fragata Lealtad; al entrar el féretro á bordo, recibiólo la marinería armada con los honores debidos; las guardias de los buques ingleses volvieron á aparecer sobre las toldillas con armas presentadas, tocando sus respectivas músicas; la Lealtad desplegó a medio palo la insignia de contraalmirante, que saludó el cañón en forma reglamentaria, y repitió la salva el Minotauro, elevándola hasta trece cañonazos, como a vicealmirante, y continuando toda la escuadra con las banderas españolas á medio mastelero hasta ponerse el sol.

Salida de la fragata «Lealtad» para San Fernando (Cádiz), conduciendo los restos.

El cadáver fue colocado en la cámara del comandante, quien recibió el valioso depósito, juntamente con la llave del féretro y el acta que acredita la autenticidad del contenido, y en seguida fué expuesto al público en la magnifica capilla ardiente preparada al efecto, y que causó grata sorpresa a los visitantes: en el centro de la cámara se alzaba un pedestal enlutado con franjas de oro, y sobre él se depositó el féretro, cubierto de coronas y rodeado de blandones, puestos en caprichosos candelabros, artísticamente forrados por una combinación de engranajes y ruedas dentadas de máquinas y tornos, que fueron objeto de general curiosidad. Un guardia marina armado hacía centinela de honor al cadáver.

Tal ha sido la solemnidad, que deja imperecedero recuerdo en la ciudad de Vigo, y que no puede menos de lisonjear, tanto al pueblo natal del ilustre Almirante, como á los cuerpos de la Armada, que ven al fin hecha justicia al hijo predilecto y al jefe distinguido, que consagró su vida entera a hacer acopio de laureles, para legarlos luego á la Marina y a la patria.

Vigo, 12 de Junio de 1883

(Sin firma. Publicado en el número XXIV de La Ilustración Española y Americana en Madrid, el día 30 de junio de 1883)

(Dibujos de Caula, según croquis del natural por el Sr. Ferrer Yáñez, y fotografías de los Sres. Franco y Novoa.)

Poema de Salvador Rueda : Los claveles reventones

salvador rueda

Poema de Salvador Rueda

¡Qué claveles tan vivos; son llamaradas;
son cual de una tragedia rojos chispazos;
claveles semejantes a lumbraradas;
claveles que parecen pistoletazos! 

Cuando al suelo de España, que no se agota,
llama Abril con el mazo de sus pinceles,
se rompen sus arterias, la sangre brota,
y se cuaja en rotundos y amplios claveles.

 Y viendo que sus senos en luz se inflaman
ungiéndose de aromas y de hermosuras,
triunfales en el viento se desparraman,
desgarrando en jirones sus vestiduras.

Son pétalos plegados en el capullo
que en el cerco no caben que los encierra
y en el tallo revientan de inmenso orgullo
y en un fuego de gloria cubren la tierra. 

Porque son arrancados de tus vergeles
y tienen vestidura regia y bizarra,
te mando ese brazado de ígneos claveles
atados con las cuerdas de una guitarra. 

Cuélgalos de tus rizos como un tesoro,
y trame la bandera de España un juego
hecho con tus cabellos, que son de oro,
y hecho con los claveles, que son de fuego.

Y de tu frente ornando la rubia cima
donde tiemblan reflejos de luz extraña,
estará la bandera clavada encima
de la más alta gloria que tiene España,

Son cual gritos de triunfo de una victoria;
son discos exaltados de rojas frentes;
son deslumbrante arenga de fuego y gloria,
dicha por unos labios de hojas ardientes.

Son pebeteros rojos de los sentidos,
escudos que despiden rojizas flamas,
las ascuas de incensarios estremecidos,
y de un champán de pétalos, copas de llamas.

Puestos como crestones de luz del día
sobre el blanco prodigio de tu escultura,
parecerás la imagen de la Alegría,
parecerás la diosa de la Hermosura.

Salvador Rueda – Poemas

Poema en prosa – Edgar Allan Poe

poema en prosa

Hace muchos, muchos años, vivía en un reino, cerca del mar, una niña que bien podéis conocer por su nombre: llamábase Annabel Lee y sólo pensaba en amarme y en ser amada por mí.

Eramos ambos niños. Vivíamos en un reino, cerca del mar, y, sin embargo, nos amábamos con un amor más grande que el amor: nos amábamos con un amor que envidiaban los ángeles.

Y fue esta la razón por la que, hace mucho tiempo, sopló un viento frío que heló a mi bella Annabel Lee. Sus más próximos parientes vinieron a quitármela para encerrarla en un sepulcro, en ese reino, cerca del mar.

Los ángeles, de los cuales la mitad no eran en el cielo tan felices como nosotros, llegaron a envidiarnos, iOh! Y esa fué la razón (como todos los hombres lo saben en ese reino, cerca del mar), por lo que el frío viento salió de la nube, helando y dando muerte a Annabel Lee.

Desde entonces la luna no brilla jamás sin hacerme soñar en mi dulce adorada, y las estrellas no alumbran sin que yo vea brillar los ojos de ella. Y así, durante las horas de la noche, reposo al lado de mi adorada, ¡de mi adorada, mi vida y mi esposa! en ese sepulcro, cerca del mar, del misterioso mar.

Mas nuestro amor, que era tan grande como un mundo comparado al de las gentes de nuestra edad, nuestro amor era tan grande, qué ni los ángeles en el cielo, ni los demonios bajo el mar, podrán desunir mi alma del alma «adorable de mi bella Annabel Lee.

Recomendaciones Obra Edgar Allan Poe

Marichu – Pío Baroja

Marichu

Marichu , dibujo de Alonso, publicado en la Revista Caras y Caretas, el 8 de agosto de 1914.

Marichu – Pío Baroja

La noticia corrió de boca en boca. Marichu, la mujer del caserío Aitola, tenía una enfermedad rarísima, que se le había presentado dos o tres semanas después del parto. Tan pronto comenzaba a reír con estridentes carcajadas, como lIoraba amargamente y prorrumpía en desgarradoras quejas.

Corrieron los rumores de que tenía los demonios en el cuerpo, y se dijo también, que un hombre misterioso, al pasar junto al caserío de Marichu y al mirar a ésta le había hecho mal de ojo.

La curiosidad de los labradores vecinos estaba excitadísima, las conversaciones abundaban, unos opinaban que lo mejor era avisar al cura, otros creían más lógico el llamar a una vieja gitana, medio mendiga y medio bruja, que tenía fama de curar del mal de ojo a las personas y a los animales.

Un día, dos muchachas de la vecindad, se impresionaron tanto al ver a la enferma, que comenzaron a reír y a llorar como ella, y con este motivo y como primera providencia, se avisó al cura del pueblo. El cura bendijo la casa, conjuró a los espíritus para que salieran del cuerpo de la poseída; pero los exorcismos suyos no produjeron efecto alguno. Entonces se llamó a la gitana.

Llegó ésta en seguida de ser avisada y se instaló en la casa. Hizo sus preparativos. Cosió una almohada con tela de sacos, la llenó de salvado, después retorció varias ramas secas y con ellas formó dos antorchas.

Por la noche, a las doce en punto, entró en el cuarto de la enferma, y sin hacer caso de sus gritos ni de sus lamentaciones, le ató a la cama.

Luego encendió las dos antorchas e hizo que Marichu apoyara la cabeza en el saco de salvado mientras que ella rezaba. A veces se interrumpía y obligaba a la enferma a tragar un terrón de sal; otras veces murmuraba por lo bajo el nombre de los tres reyes magos. . .

Al día siguiente Marichu estaba curada.

Pasaron siete días, y al cabo de ellos, la suegra de Marichu, que la odiaba, le insinuó una idea terrible; le dijo sonriendo, con una sonrisa extraña, que si se había curado, era haciendo pasar su enfermedad al cuerpo de su hijo, del hijo mayor; por eso el niño estaba siempre triste.

Y era verdad; desde aquel momento el niño, que
era muy hermoso, se fué poniendo pálido, muy
pálido y dejó de sonreír alegremente. Una noche
quedó frío, acurrucado en el regazo de su madre,
con los ojos abiertos. Un moscardón muy negro
anduvo revoloteando junto a él.. .

La madre siguió meciendo al niño, y viendo que no despertaba, le envolvió en un mantón, salió de casa y tomó la vereda que conducía a la casa de la vieja mendiga.

Iba haciéndose de día; un montón de nubes blanquecinas se deshilachaban en el azul pálido del cielo; el sol, tibio y sin fuerza, empezaba a iluminar las cumbres de los montes, cubiertas de aliagas de amarillenta flor y de helechos mustios y rojizos.

En la cima del monte, Marichu se detuvo para tomar aliento; el viento frío le hizo temblar y estremercerse…

En una hondonada estaba la vivienda de la vieja, una antigua casa destruida por las llamas, que la gitana había ido restaurando poco a poco.

Marichu entró sin llamar. A la luz de una hoguera que ardía en el suelo, se veía el interior de la casa que no tenía más que un cuarto; en el fondo de éste había una cama sobre un montón de tierra, y a los dos lados, en las paredes, unas cuantas vigas servían de vasares y sobre ellas estaban colocadas un sin fin de cosas inútiles cogidas en los caminos, clasificadas por orden de tamaño, jarros sin asa, pucheros cascados, barreños sin fondo.

Junto a la hoguera, la vieja mendiga hablaba con un hombre decrépito, encorvado y de pelo blanco.

– ¿ Eres tú? — preguntó a Marichu la mendiga, al verla, con voz ronca. – ¿A qué vienes a mi caserío?

– A que veas a mi hijo.

– Está muerto – dijo la gitana después de contemplarle.

– No. Está dormido. ¿Qué le daré para que despierte?

– Te digo que está muerto; pero si quieres haré un cocimiento con siete plantas…

– Gitana – dijo entonces el hombre – lo que vas a hacer no servirá de nada. Si quieres despertar a tu hijo, añadió dirigiéndose a Marichu, mirándole fijamente con sus ojos grises que brillaban bajo las cejas blancas, no tienes más que un remedio; que te alberguen en una casa en donde la familia que viva bajo su techo no recuerde una desgracia próxima. Anda, ve a buscarla.

Marichu salió de la casa con el niño en brazos, y sin esperar a más, fue recorriendo los caseríos de los alrededores. En uno acababa de morir el padre, en otro volvía el hijo del servicio, declarado inútil, con los pulmones llenos de tubérculos y un par de meses de vida; aquí se moría una madre, dejando cinco niños abandonados; allá un enfermo marchaba a un Asilo de la capital, porque ninguno de sus hermanos, que estaban en holgada posición, quería recogerle.

Del campo, Marichu fue a la aldea, y de la aldea pasó a una gran ciudad, y luego a otra y a otra, y en todas partes reinaba la tristeza y en todas partes el dolor. Cada pueblo era un inmenso hospital, lleno de carne enferma, que se quejaba con gritos delirantes.

El remedio del viejo era imposible de emplear.

A todas partes llegaba la desgracia, a todas la
enfermedad, a todas la muerte.

No, no había remedio; era necesario vivir con
el corazón apenado, era necesario tener, como
compañeros de la existencia, a la tristeza y al
pesar.

Marichu lloró, lloró largo tiempo, y luego con
una desesperación tranquila, volvió a su casa a
vivir a lado de su marido.

Libros recomendados de Pío Baroja

Fray Gabriel Téllez Tirso de Molina

Tirso de Molina

Biografía de Tirso de Molina

Tirso de Molina es el pseudónimo con que es más conocido en el mundo el fraile Mercedario Fray Gabriel Téllez, y del cual nos vamos a ocupar en el día de hoy. Poquísimos son los datos que de su vida se conocen y aún algunos de ellos no tienen la veracidad necesaria para hacer afirmaciones concretas, pero hay que tomarlos como buenos para completar, en parte, la vida de este gran poeta.

Datos de su vida

Nació en Madrid, seguramente en octubre de 1571 y murió en Soria el 12 de marzo de 1648. Se sabe que nació en Madrid por su declaración expresa en la portada de una de sus obras, por el testimonio de sus amigos Lope de Vega y Montalbán y por la dedicatoria que el madrileño Matías de los Reyes le hizo de su comedia «el agravio agradecido».

El día de su muerte se conoce por el hallazgo hecho en el Convento de la Merced, de Soria, de un retrato de medio cuerpo y de tamaño natural, en el que consta la fecha de su fallecimiento, los beneficios materiales que en él se hizo y la edad que tenia, dato este último no corroborado por nada, pues no ha sido posible encontrar su partida de bautismo.

Se desconoce en absoluto quiénes fueron sus padres. De los datos que de su juventud se han podido encontrar, se deduce que estudió en Alcalá, en el Colegio de la Orden de la Merced y que en 1600 era novicio de dicha Orden en el Convento de Guadalajara, donde profesó el día 21 de enero de 1601.

Viaje de Tirso de Molina a América

En 1606 emprende Tirso un viaje a Santo Domingo en compañía de otros religiosos de la Orden, donde leyó tres cursos de Teología, trabajando además, durante los dos años que permaneció en la isla, en la reforma y mejoramiento de sus monasterios.

Vuelta a España de Tirso de Molina

De vuelta de América se supone que pasó al Convento de Madrid, del cual se trasladó al de Toledo, en donde fijamente se le encuentra en el año 1613.

En 1620 es presentado Maestro en Teología, Predicador y Definidor de su Orden.

Fray gabriel tellez tirso de molina

Pasa luego a Zaragoza para ocuparse de algunos asuntos de su Orden, quizás por el 1622, volviendo a Madrid para concurrir con su verdadero nombre a la justa poética de la canonización de San Isidro, en la que salieron victoriosos Guiilén de Castro y Mira de Amescuo.

Un año más tarde forma parte de la Academia o reunión literaria de Madrid, en la que se escribieron por trece ingenios, uno de ellos Tirso, las famosas Décimas satirizando a Ruiz de Alarcón y a su poema descriptivo de las fiestas dadas en honor del Principe de Gales, poema compuesto con otros cuatro poetas.

Obra de Tirso de Molina

En 1624 publica en Madrid su obra aprobada en 1621, «Los Cigarrales de Toledo.-Primera parte», miscelánea de novelas, cuentos, disertaciones y poesias líricas, entre las que intercaló sus tres preciosas comedias «El vergonzoso en Palacio«, «Como han de ser los amigos» y «El celoso prudente«.

En el prólogo de esta obra declara que está comenzando la segunda parte y que en tanto que se perfecciona, hay dadas a la imprenta doce comedias, primera parte de muchos que quieren ver mundo, entre trescientas que, en catorce años, han divertido melancolías y honestado ociosidades.

De las anteriores palabras de Téllez se deduce, teniendo en cuenta el año en que fué aprobada la obra, que su labor literaria no debió ser muy anterior al año 1606.

En 1626 o 27 salió a luz en Madrid la primera parte de las comedias, y en esta misma fecha preparó doce novelas, pero ni éstas ni la segunda parte de «Los Cigarrales de Toledo», vieron la luz.

En este mismo año pasa a Salamanca, de donde marcha a Trujillo, volviendo a la primera en 1629 para tomar parte en las fiestas de San Pedro Nolasco, fundador de su Orden.

tirso de molina

El 1632 marcha a Barcelona donde se le encuentra hasta 1635, año en que vuelve a Madrid.

Adolfo F. Schard afirma que la segunda parte de las comedias de Tirso se publicó en Madrid en 1627, y Barrera pone en duda tal afirmación; pero, aún dudando, dice que durante un largo periodo sólo en el teatro gozó el público de las producciones de Tirso y, de vez en cuando, de alguna impresión. «El burlador de Sevilla» se publicó en una segunda parte de las comedias de Lope de Vega, en Barcelona, el 1630.

Bañera sigue afirmando que, después de algunos años, quizás recordando los ofrecimientos hechos, Tirso, valiéndose de su sobrino Don Francisco Lucas de Avila, hizo imprimir en Tortosa, en 1634, una titulada «Parte tercera de sus comedias».

A llartzenbusch se debe la observación y noticia de haberse publicado antes la tercera parte que la segunda, impresa en 1636.

La tercera parte fué dedicada a Don Julio Monti, caballero milanés. En la dedicatoria afirma Avila que pasan de cuatrocientas las comedias de su tío, compuestas en un periodo de veinte años.

A mediados del año 1635, ya de regreso de Barcelona, se publica en Madrid su obra «Deleitar aprovechando», floresta de novelas, poesias líricas, disertaciones, loas y autos sacramentales.

En el mismo año 35 se imprimen en Madrid doce comedias tituladas «Tirso de Molina. Segunda parte», dedicada a la Hermandad de San Jerónimo de mercaderes de libros de Madrid. En la dedicatoria, después de declararse agradecido a esta Hermandad por los favores que de ella ha recibido, declara que cuatro de las comedias son suyas, y las demás son de otros autores que no quieren dar su nombre.

También en el año 1635 aparece en Madrid la cuarta parte de las comedias de Tirso, y en 1636, la quinta, recogidas por Ávila y con la que terminó la publicación ordenada de estas obras dramáticas.

Después, en 1638 escribió «Las Quinas de Portugal», así como también dos décimas a la muerte de Montalbán.

Como Séptimo Cronista de su Orden escribió Téllez la «Historia General de Nuestra Señora de la Merced.»

En 1645 fué elegido Comendador del Convento de Soria, en donde falleció dejando impresos un «Acto de Contrición» y la «Geyeología del Conde de Sástago».

Saqueados por la invasión francesa los Conventos de la Merced, de Madrid y Soria, y desaparecidos los Archivos y Bibliotecas de los mismos, se perdieron con ello las mejores fuentes de noticias de la vida de Tirso de Molina, así como el retrato que de él existia en el de Madrid.

Clasificación de la obra de Tirso de Molina

La clasificación de sus obras es dificilísima. Sin embargo las dividiremos en tragedias, dramas y comedias; debiendo citar entre las primeras «Los amantes de Teruel«, «La venganza de Tamar» y «El Burlador de Sevilla«.

El burlador de sevilla

De sus dramas mencionaremos «La prudencia en la mujer«, en donde nos presenta la figura de Doña María de Molina en la minoría de edad de su hijo Fernando IV.

Y de dramas religiosos recordaremos «El condenado por desconfiado«, grandiosa creación de un genio teológico.

En «El Burlador de Sevilla y Convidado de piedra» supo crear Tirso, de un modo admirable, el carácter de Don Juan Tenorio, pintándole con toda originalidad y con los caracteres que hoy son conocidos por todo el mundo.

En cuanto a las comedias de costumbres se nos presenta revelando grandísima facilidad en la versificación y lozanía en los argumentos y tipos; merece citarse, en primer lugar «La villana de Vallecas», singular carácter de mujer, como se acostumbraba a pintar en aquellos días, de damas andariegas y piadosas, aventureras celosas y enamoradas como «Marta la Piadosa».

Notable como de intriga es «Don Gil de las calzas verdes» y llena de intención cómica «El vergonzoso en Palacio«.

En el cultivo de la novela se refleja, por lo menos en «Los Cigarrales de Toledo», como discípulo de Boccacio y Cervantes.

Conclusión

Tirso de Molina fue uno de los escritores más fecundos de su época, teniendo en las obras de carácter dramático una variedad grandísima, siendo análoga su técnica dramática a la de Lope de Vega. Su estilo es vario y de enjundia, clara versificación, fácil. Domina la lengua hasta el punto de hacerse admirar por su grafismo. Como poeta cómico y satirico es difícil hallar quien le iguale. Tirso supo, con gran destreza, pintar la época en que vivió. Sabe describir la hipocresía y la liviandad en la mujer, y es el mayor creador de caracteres.

Después de Lope de Vega, Tirso de Molina es el mayor genio dramático que ha existido.

* (Texto de Gómez-Guirao. Publicado en la revista «Letras. Revista cultural sevillana» Número 4 (Páginas 12 y 13) – 4 de abril de 1936)

OBRAS DE TIRSO DE MOLINA. RECOMENDACIONES – El Discurso

Leopoldo Alas «Clarín»

Leopoldo Alas

MURIÓ Leopoldo Alas, «Clarín», a los cuarenta y nueve años de edad, el 13 de junio de 1901. Esto es, apenas iniciado el siglo XX. A éste respecto, quizá hallásemos un nuevo motivo para lamentar la prematura muerte del gran crítico y novelista: por lo que tuvo de precusor, el XX pudo ser su siglo. Pero es muy arriesgado un criterio que nos lleva a hablar de precursores y de anticipaciones.

¿Y qué es adelantarse a su tiempo…? Leopoldo Alas vivió, típicamente, en el suyo, y hubiese vivido de modo análogo en otro cualquiera, por esa inactualidad que es señal fehaciente de un
verdadero talento. El talento no sólo adelanta, sino que también retrocede en su marcha natural, para revivir formas que ligeramente se dieron por muertas.

Leopoldo Alas, hombre que vislumbró el siglo XX, pasó por todas las tormentas y por todas las bonanzas del siglo XIX: asimiló sus temas y experimentó sus influencias. Se aproxima a Larra el gesto y la prosa. Como entre los clásicos de nuestros grandes siglos, hallaría, y en las Antologías halla, un puesto muy a su gusto. En definitiva, contaba en abono de su espíritu con las cualidades que es ahora precisamente cuando más escasean: genio del idioma y sentido de la raza.

Leopoldo Alas «Clarín» – Publicado en el Almanaque Literario (1935)

Español y españolísimo, Leopoldo Alas amaba el lenguaje con ese amor vehemente que en su línea más genuina y directa—amor de hombre a mujer—conduce al crimen pasional. De todo era capaz Leopoldo Alas, en este punto: hasta de la intransigencia más hostil y mortífera. Él, tan liberal. Si el amor,—fortalecido por el conocimiento—al instrumento lingüistico, determinó las bellezas de su estilo, fue causa también de las limitaciones que sin duda advertimos en su labor de crítico. Cuesta trabajo, en efecto, aceptar que Leopoldo Alas vapulease a tantos escritores por razones derivadas de su puntillosidad gramática y de sus escrúpulos de purista. Parece en tales momentos que su crítica se empequeñece, y que su aire de dómine le aleja del artista. Pero incluso en estos pasajes sacudidos por el palmetazo sobre el uso de un galicismo o una falta de construcción, el escritor se salva por la virtud de su propia expresión: acerada, aguda, brillante, más profunda que ruidosa: más estilete que clarín. Y si en los mordaces juicios de los «Solos» y de los «Paliques», no siempre encontramos a la Crítica como creación estética, hallamos desde luego, a la Sátira, con todo su clásico abolengo. Gran escritor satírico, cargado de complejas intenciones, fué «Clarín» en todo caso. Y justamente en unos años que Galdós llamó «bobos» pensando por lo visto en muchos de sus propios personajes. Pero en gran parte de las generaciones que dan contenido a los fines del siglo XIX, descubrimos sin esfuerzo un hondo y amargo sentido de la vida, una clara y triste inteligencia de las cosas. Desde la ironía de Valera hasta la burla de Taboada. Y en Silvela, con su daga. Y en Bonafoux, con su florete.


Leopoldo Alas, a fuerza de talento, planea sobre sus escritos de crítica ocasional y polémica, comunicándole a cualquier frase un valor certero de epigrama o de sentencia. Y en cuanto se aleja del libro mediocre—que a veces le satisface y encomia—Leopoldo Alas descubre todas sus dimensiones de ensayista: por ejemplo, «Rafael Calvo y el teatro español», «Un discurso», prólogo a la traducción castellana de «Los héroes», de Carlyle… Y no digamos cuando, desprendiéndose de todo pretexto o motivo brindados por la lectura, se abandona por entero a su inspiración personal de escritor. Leopoldo Alas, cuentista y novelista, resultó víctima del crítico y del satírico. La popularidad ganada a este título, le descontó muchísimo de la fama que le correspondía como narrador de primer orden, no accesible a todos.

Y de tan primer orden… Como que en «La Regenta» es donde hay que buscar, a mi juicio, las mejores páginas de la novela española moderna. Novela de un tipo determinado: novela naturalista. Pero novela por encima de todas las demás que obedecieron a otro canon, dentro de la floración del género en aquella época tan bien surtida de novelistas acaso caracteriadzos por prendas designadas con aquellas palabras que definían el gusto general de los lectores españoles: gracejo, galanura, amenidad. ¡Cuánto más hondo cala la pluma de Leopoldo Alas! Cala hasta el tuétano de las almas: bien entendido que para Clarín alma tienen también todas las cosas. Clarín, animador del detalle, busca en el juego de las pasiones el documento que sus contemporáneos se limitaban a pedir, por lo general, a las formas inmediatas de la realidad. También él las percibía y gustaba de cualquiera «trozos de vida». ¿Y cómo no, supuesta su determinada formación estética…? Pero penetraba en la esencia de los fenómenos: activos o no, tipos y medio ambiente. De aquí que los personajes de «La Regenta» disten mucho del cerrado paisaje en que acaso coincidan, bien avenidos, los de Galdós, en dramático, y los de todo buen saínete, en cómico. Ana Ozores, en la densa atmósfera de la novela de Leopoldo Alas, respira en sentido directo, el aire de Vetusta, reproducción exacta de Oviedo. Pero, en sentido figurado, bien se comprueba que su ambiente es el de las grandes creaciones de Stendhal, Flaubert y Proust. No tiene precedente ni consiguiente en novela española que no sea «La Regenta», la sagaz valoración del pormenor; la asociación de ideas, sentimientos, recuerdos, aspiraciones, a un dato concreto que a otros ojos es rasgo suelto y a Leopoldo Alas le sirve para reconstruir o para fijar un mundo interior. Había de ser este artículo un ensayo que admitiese mayor desarrollo, y traeríamos a cuento ejemplos suficientes de análisis minucioso, de matización certera. Cuando la malevolencia de alguien acusó a Leopoldo Alas de haber tomado de «Madame Bovary» inspiración para componer la escena aquella en que Ana Ozores asiste por vez primera a una epresentación de «Don Juan Tenorio», el resultado fué que los lectores de «La Regenta» buscaron y siguen buscando en el capítulo XVI la comprobación de que en nuestro novelista alienta, con un cronista puntual y perspicaz de la vida en provincias, un psicólogo de felicísimas exploraciones, un experimentador en vivo de los grandes—y pequeños—afectos humanos.

Libro grave, a no dudarlo, esta «Regenta», de mucho y apretado contenido. Narraciones más ligeras y fáciles, esas otras, que, en dimensiones varias, se llaman «Pipa», «Adiós, Cordera», «Zurita»… Por intentarlo todo, Leopoldo Alas hizo teatro: «Teresa», y explicó en su cátedra de Oviedo, tanto Derecho Romano como Economía política. Espíritu plural poseyó a Leopoldo Alas, en horas iniciales del auge de los especialistas. Un ánimo sin vuelo habría caído en dispersión infructuosa. El de Leopoldo Alas, se mantuvo alto, con señorío y riqueza.

M. FERNÁNDEZ ALMAGRO

(artículo publicado en «El Almanaque literario, Madrid 1933)

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