El cuadro general del estado de la Nación aconseja un Pacto Nacional con carácter urgente al modo de los Pactos de la Moncloa que, entre otras cosas, y no debemos olvidarlo, hicieron posible que se pudiese recorrer el camino hacia la Constitución de 1978 sin grandes dificultades económicas que de existir hubiesen abortado ese viaje .
Es evidente que para dar respuestas eficaces e implementar soluciones a la gravedad de la situación actual solo las políticas de consenso, por medio del acuerdo y el pacto, son efectivas. Si no existe solidaridad política integradora de todas las fuerzas democráticas y que, mediante la corresponsabilidad, eviten la pelea de gallos en un lodazal a la que aludíamos en nuestro artículo de ayer, no es posible levantar el vuelo.
Las reformas, profundas en muchos casos, que la situación y que la sociedad demandan con carácter de urgencia para llevar a cabo la obligatoria regeneración democrática tienen en el Pacto Nacional su punto de partida.
La reforma laboral sin demagogia, la reforma fiscal siempre en evolución, la definición definitiva de la forma de articulación del Estado y su financiación, la reforma educativa seria, el acuerdo político encaminado a establecer una política exterior acorde con los nuevos postulados y exigencias de la aldea global, el pacto para la reforma y saneamiento del sector financiero español, el acuerdo de largo recorrido para establecer un modelo de economía sostenible riguroso, ni efectista ni populista, la necesaria coparticipación en el establecimiento de una política social realista y ajustada a estos tiempos donde la longevidad y la tasa de natalidad han dado la vuelta a la pirámide poblacional, dónde la emigración y su flujo no están calibrados y donde la Seguridad Social, garante del estado del bienestar, es tan sensible a semejantes vaivenes, todo ello y mucho más que sería prolijo enumerar, son reformas que requieren de un Pacto Nacional.
Por desgracia, y a la vista de cómo se manejan los partidos políticos actuales, los puentes para el dialogo están rotos. A los ciudadanos ya no nos importa tanto quienes son los culpables cuanto que así no nos merecemos seguir. ¡No nos merecemos seguir!
Si éstos no son capaces de establecer el nuevo marco de colaboración y responsabilidad compartida, tener sentido de Estado para darnos un Estado con sentido, poseer amplitud de miras y espíritu de servicio a la sociedad e inteligencia, entonces que vengan otros que lo sepan, puedan y quieran hacer.
Markus Leroy
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