Las ciudades de tamaño mediano en España han ralentizado la vida en las calles. Es más, hay momentos que da la sensación de que nos encontramos en un día festivo. La crisis se puede medir de muy diversas maneras y ésta es una de ellas. Hay mucha gente que no tiene que correr como lo hacía antes para llegar a ninguna parte. El tráfico ha disminuido en general todos los días y de manera muy sensible a partir del día 20 de cada mes. Sin embargo se ven grupos grandes y pequeños, estáticos. Haciendo cola delante de la oficina del INEM; esperando al capataz y su camión para conseguir trabajo por un día; a la puerta de las cocinas asistenciales para poder comer un plato caliente; y colas de este tipo. Sin pudor se muestran durante horas interminables ante los privilegiados que no tienen que hacerlas.
Los telediarios, este año, no abrieron sus informativos el primer día de Rebajas con las tradicionales carreras. No fue noticia. No hubo carreras. No hubo entrevistas. El pulso de las ciudades late despacio. Esa percepción de vida ralentizada unida a la visión de las calles levantadas, las aceras cortadas, las excavadoras trabajando y los martillos pilón rompiéndonos los tímpanos gracias al plan E y su política de obras públicas municipales, nos traslada a un escenario de guerra. Sensación de destrucción tras el bombardeo y un cierto movimiento cansino y sin rumbo en la ciudadanía. A la espera de la próxima pasada de los bombarderos y con la única esperanza de poderlo volver a superar.
Y en medio de todo ello una novedad. De un tiempo a esta parte ha surgido un personaje nuevo. Se le ve entre once y once y media de la mañana. Varón. De edad indefinida entre cincuenta y cinco y cincuenta y nueve años. Perfectamente aseado. Huele a colonia y lleva en sus manos sendas bolsas de algún supermercado conocido; una con un par de barras de pan y el periódico; en la otra los ingredientes para la comida del día: Un kilo de arroz o dos paquetes de tallarines, una docena de huevos y un bote de tomate frito. No más de 15 euros de compra. Camina a buen ritmo. Vuelve a casa. Mira hacia el suelo para no tener que pararse con nadie y contestar preguntas que no le apetece le hagan. Sabe que no debería estar en la calle. Hacía muchísimos años que no estaba en la calle a esas horas. De nombre Manuel, o José o Miguel. De apellido Prejubilado. Todos contestan lo mismo si les preguntas a que se dedican y saben que no sabes su estado laboral: -Estoy en compras en una empresa de alimentación y en mis tiempos libres me dedico a la bolsa-.
Markus Leroy



by Ali Manrique
13 Jul 2009 at 02:14
Excelente post, muy bien escrito y refleja una triste realidad: la crisis está haciendo estragos en Europa y es tan fuerte que aun el ritmo de las ciudades lo reflejan. Y hasta uno puede sentir la vergüenza de ese trabajador por estar “prejubilado”, me imagino que le apena no haber sido más precavido o más inteligente con el manejo de su dinero. Felicitaciones!!
by Carlos
13 Jul 2009 at 09:31
Totalmente de acuerdo con el artículo y el comentario. Las ciudades estan tristes.
by Markus Leroy
13 Jul 2009 at 19:47
Muchas gracias Ali y Carlos por vuestra participación en este blog