Nadie puede discutir conmigo cuando digo que Londres es una ciudad especial, te gusta o no te gusta, pero no te deja indiferente. La ciudad está envuelta en un halo de magia, llena de contrastes imposibles, el mercadillo de Portobello, donde se pueden encontrar desde marcos para cuadros hasta cerillas de otros siglos pasando por una colección interminable de bragas de segunda mano importadas de emigrantes ya regresadas a sus países de origen, con las casas victorianas de la elegante y ‘posh’ Notting Hill en donde Hugh Grant conquistaba a Julia Roberts en el conocido largometraje de Roger Michell.
Todo aquel que ha vivido o vive en Londres la añora por su encanto incomparable, la ama por su espíritu cosmopolita y la odia por su indiferencia para con sus habitantes. Y es que ese es un tema común a todos los Londinenses de adopción, si no corres la ciudad te atrapa y te engulle sin importarle tu clase social o apellido de alta alcurnia, y es que Londres no distingue un Mr. Smith de un Mr. López (para lo bueno y para lo malo, sea dicho). Se puede tener exito y lograr vivir como un ‘gentleman’ con tu ‘wife’en una casita ‘cosy’ (que no es poco lujo, oigan) pero no se puede esperar el reconocimiento popular a tu hazaña inigualable, la gente es indiferente, voluble, pasajera. Y cómo no van a ser pasajeros en Londres si disponen de los mejores transportes públicos del mundo (trenes, subterráneos y ‘terráneos’, autobuses de uno y dos pisos, taxis legales y ‘alternativos’…) Todo un abanico de posibilidades para desplazarse de uno a otro ‘borough’, municipios o barrios que completan un total de 33 (contando la City) en una extensión de 1579 km cuadrados (como para pasearla, eh?).
Aún con todas esas facilidades, Londres transmite esa sensación de ciudad inacabada, cada vez que vuelves te encuentras con edificios que antes no estaban, y los que estaban no los encuentras, calles que no desembocan donde solían y una hamburguesería de marca americana o una casa de apuestas turca donde se encontraban tu panadería y charcutería de toda la vida. Esa sensación de que todo se mueve y cambia con el tiempo y que la ciudad gira en círculos alrededor del rio Támesis que enfrenta a las impresionantes casas del parlamento con el ojo que todo lo ve en forma de noria (London Eye). Esa belleza de la ciudad en la que todo el mundo tiene su oportunidad reside en ese rio histórico en el que navegan durante siglos las vidas de personas de todos los rincones del mundo. El río que parece el único punto de referencia estático es en realidad el único que se mueve y marca el ritmo y ‘timing’ de la ciudad eternamente inacabada más bonita del planeta.
Benjamin Fluke
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