La Presidencia española de la Unión Europea y las primeras decisiones y amenazas del Presidente español están sirviendo para que nuestros socios de la zona euro nos miren con lupa. De hecho están reparando detenidamente en nuestra situación económica y analizando las medidas adoptadas, y las omitidas, por el gobierno español encaminadas a mejorar el cuadro macroeconómico nacional. Lo que venía siendo hasta ahora un drama fronteras adentro se está convirtiendo en un problema europeo. El lastre español ya no pasa desapercibido ni para la clase política europea, ni para los medios de comunicación internacionales ni, por ende, para la opinión pública de la Unión.
Desde luego si cala entre la ciudadanía europea, tal y como está el patio, la idea de que España es un freno y un lastre para el bienestar de la zona euro, llegarán a reclamar a sus políticos nacionales, más pronto que tarde, medidas correctoras contra el desvío español, y no duden que las tomarán ante la presión de sus electores. En ese momento no hay amarra que sujete a los organismos europeos llamados a actuar para corregir semejante deriva y acallar semejante clamor.
La medida inmediata sería la expulsión de España de la divisa común. Las consecuencias de semejante acontecimiento se nos antojan gravísimas para nuestra maltrecha economía. Tampoco cabe duda que obligaría al Presidente del Gobierno a convocar elecciones anticipadas, para perderlas. El castillo de naipes se caería con estrépito.
Lo malo de todo esto es que, analizado sin pasión y de manera objetiva ese escenario, no solo se muestra posible sino que se erige como muy probable. La reunión de Davos que se inicia hoy es un examen muy duro para España. Nos queda la duda si nuestros alumnos representantes van bien preparados para aprobarlo. Veremos. Todos nos jugamos mucho. Y en este examen, al contrario que en la Universidad de Sevilla, no vale copiar.
Markus Leroy
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