Hay espectáculos que no por repetidos dejan de producir un cierto desasosiego. Si además reproducen situaciones que creíamos superadas el desasosiego se convierte en desencanto. Pero si a mayor abundamiento vienen dados por aquellos que llevan algo más de un siglo postulando comportamientos y actitudes beligerantes con esos comportamientos, entonces al desasosiego y al desencanto hay que añadirle el miedo.
El caudillismo y la loa al líder envuelta en una parafernalia y liturgia encaminada a tal fin no parece compadecerse bien con las prácticas democráticas. La Historia Universal en general y la española, en particular nos muestran múltiples ejemplos de tales caudillismos y de sus consecuencias para que no caiga en saco roto la demostración de esa naturaleza que el pasado fin de semana tuvo lugar en Madrid con el Presidente del Gobierno.
Es curioso observar como bajo una cierta pátina de modernidad, vendida además como del más puro estilo americano, -que sarcasmo viniendo de quién viene – la puesta en escena es la misma que se hacía en la Roma Imperial, o en la ciudad de Nuremberg, para acabar repitiéndola en Madrid, noviembre 2009.
La “performance” se resume en los siguientes momentos litúrgicos del “ordinario” de la manifestación:
Unos teloneros provistos del último avance tecnológico de cada época histórica se presentan ante el enfebrecido auditorio y lo enardecen con su verbo anunciando la próxima llegada del Caudillo. La música, en cada caso la adecuada, se encarga de dar al acto un carácter de grupo elegido y director, aglutinado por el desgranar de las notas, como si de un himno tribal se tratase.
Desfilan a continuación los personajes distinguidos, que mantiene el estado emocional de la concurrencia, al tiempo que, en crescendo, sube la tensión a la espera de la entrada en escena del “ungido”.
Por fin asoma su figura que provoca el clímax emocional. En aras de la ley de la igualdad nuestro Prócer hace su aparición acompañado de su pareja. Un hecho que “moderniza” el espectáculo. La muchedumbre, arrebolada, grita ¡No estás sólo!, “¡no estás solo!”, antes de que se haga el silencio previo al discurso del líder.
Este, como siempre a lo largo de la Historia, tiene tres líneas básicas en su estructura lógica. A saber:
En primer lugar hay que hacer saber de lo providencial de la existencia del líder que, ante una situación de la máxima gravedad, no solo no son falibles sus decisiones, sino que han solucionado la crisis mejor que nadie. Cuando, además, está siendo criticado sin piedad por los ajenos que ni lo ayudan, ni lo entienden, y que son el principal problema que tienen los allí reunidos. Identificación del enemigo se llama a esta figura retórica.
A continuación hay que dibujar un futuro venturoso gracias a la, otra vez, providencial presencia de nuestro querido caudillo. Un futuro esplendoroso nos espera donde conoceremos avances nunca sospechados ni vistos por nosotros, pero que tanto nos merecemos. Presentar a la tierra prometida, es esta segunda figura.
Por último hay que reforzar la figura del conductor. Para ello se apela a la necesidad de poder contar con el esfuerzo de todos los asistentes, para que tras de su caudillo, y no sin grandes dificultades, que solo su entrega y arrojo pueden superar, alcancen las playas doradas y cálidas que esta travesía persigue.
No estás sólo! No estás solo! ruge el auditorio.
Una atronadora ovación, besos y parabienes completan la representación. El público, encantado de no haberse perdido este momento histórico, y satisfecho y orgulloso de pertenecer a tan selecto grupo, abandona el local. ¡Qué día! ¡Qué discurso!
Así se escribe la Historia. Nada nuevo bajo el sol. Pero en ciertos círculos de la izquierda no pudo haber gustado semejante espectáculo. O sí. Vaya usted a saber.
Markus Leroy
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