Me comentaba ayer mi suegra que cuando volvían de fin de semana a la estación de Santiago en su etapa universitaria, allá por los años cuarenta, tomaban un autobús que llevaba a los estudiantes al centro de la ciudad. Se llenaba inmediatamente. Tal es así que el cobrador desde la parte posterior del vehículo gritaba al conductor : "Ramón, no pares ni a Dios, que vamos llenos".

Otros tiempos.

Markus Leroy.


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